Grave defecto de discreción del juicio

El canon 1095,2º establece que: “Son incapaces de contraer matrimonio… quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que se han de dar y aceptar.”

La discreción de juicio necesaria para el matrimonio se alimenta de dos fuentes: la del juicio propiamente dicho y la de la libertad.

Así, cabe hacer hincapié en ambos conceptos. En el siguiente artículo, nos referiremos a la primera fuente mencionada: la del juicio propiamente dicho. Ésta, dentro del comportamiento humano, implica algo más que un mero uso de la razón, pues supone lo que se llama en psicología el uso de la facultad crítica. Es decir, la discreción de juicio no se queda en una mera capacidad de percibir lo que se hace, va más lejos y entraña aptitudes de valoración de aquello que se percibe: por la discreción, el contrayente conoce y quiere el compromiso conyugal responsablemente, es decir, como expresión y consecuencia de su madurez intelectivolitiva.

Para el matrimonio se ha de requerir un discernimiento cualificado, superior al exigido por los actos ordinarios de la existencia, porque el matrimonio es una de las opciones fundamentales de la vida humana y porque el matrimonio realmente compromete todo el futuro del hombre al imponerle al mismo unas gravísimas obligaciones personales. La discreción de juicio implica sustancialmente, por tanto, que la decisión de la persona que contrae matrimonio sea una decisión formada por una elección libre sucesiva a una deliberación, que consiste esencialmente en la reflexión/ponderación de los pros, y contras de la aceptación/no aceptación del matrimonio; compara unos juicios con otros e infiere en dicha comparación el juicio decisivo, que propone a la voluntad para su realización. Sin esta deliberación previa el acto no puede ser verdaderamente humano porque “las acciones voluntarias difieren de las acciones impulsivas en que el proceso deliberativo precede a la consumación del acto” (Zavaloni, la libertad personal, Madrid, 1959, 103).

Por consiguiente, todas aquellas personas que en el momento del matrimonio carecen de unas aptitudes mínimas para formarse un juicio valorativo de lo que es y significa el matrimonio en general y muy especialmente en la propia vida del contrayente, cualquiera que sea la razón de tal insuficiencia o deficiencia; ha de decirse que son incapaces de contraerlo.

No se requiere un consentimiento perfecto que abarque y comprenda todas las posibles facetas y vertientes del acto (no se requiere una ponderación máxima de todo el valor ético, religioso, social, jurídico, económico, etc. del matrimonio); pues el matrimonio se estableció para todos los hombres y mujeres ordinarios, por lo que no puede exigirse una comprensión máxima y una profunda valoración del mismo, que sólo se encuentra fuera del orden cotidiano y entre las personas que superan a la gente normal.

La madurez afectiva para el matrimonio canónico no se debe confundir con una madurez perfecta para el mismo, que es propio de unas pocas personas, ya que el matrimonio no es una institución reservada a un grupo peculiar o selecto de éstas; sino que ha sido establecido por el Creador, por ley natural, para todo el género humano (Cf. c. Civili, 7/12/94, en: ARRT 86 (1997), 607, nº .6). En definitiva, se trata de que el sujeto disponga de unas posibilidades de discernimiento personal y de comprensión-valoración acomodadas a la gravedad e importancia del matrimonio que se contrae.

En determinados casos, los contrayentes llegan a una decisión sin deliberación previa. En estos casos, son meramente los impulsos los que dirigen la conducta.

En definitiva, una de las características que entraña la discreción de juicio, señalada como “del juicio propiamente dicho”; se resume en la capacidad crítica, conocimiento estimativo, ponderación racional, valoración prudente, etc. de lo que se va a hacer o asumir, en nuestro caso: los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se dan y aceptan los esposos con su consentimiento matrimonial (Cf. c. Wynen, 25/2/41, en: SRRD 33, 148-152, o bien la c. Felici, 3/12/57, en: SRRD 49, 788-99).

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